La importancia del juego

Por Paula Salaverry

Al observar a una niña o un niño jugar, podemos darnos cuenta de que ahí sucede algo muy especial: una expresión auténtica de quién es. A través del juego, los niños construyen y, al mismo tiempo, muestran su identidad. Se expresan a través de sus juegos y revelan a quienes los observan con atención sus intereses, inquietudes, conflictos y la manera en que entienden el mundo.


Esta actividad es fundamental no solo durante la niñez, sino también para el desarrollo humano y la construcción de la cultura, es una de las bases de la curiosidad, la espontaneidad y la creatividad. Al inventar sus propios juegos y participar en los juegos de otras niñas, niños y personas adultas, exploran los límites de su cuerpo, de los objetos y de sus relaciones con los demás, enriqueciendo así su experiencia de vida.


De acuerdo con el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, quien dedicó gran parte de su trabajo al estudio del juego, las niñas y los niños aprenden jugando. Así como las personas adultas aprenden a partir de las distintas experiencias que viven, niñas y niños amplían sus conocimientos y desarrollan habilidades mediante el juego y la imaginación.


El juego les permite comprender lo que sucede a su alrededor, entender las reglas que organizan el mundo y dar sentido a sus experiencias. Imaginemos la siguiente situación: una niña o un niño acude al médico y recibe una inyección. Asustado, llora y busca el consuelo de una persona adulta. Horas después, se encuentra jugando a ser médico y aplicando inyecciones a las personas que lo rodean.


¿Qué está ocurriendo?


Al intercambiar su papel con el de la persona adulta, recrea la experiencia desde una posición de mayor control. Esto le permite transformar una vivencia pasiva en una experiencia activa, realizando un proceso emocional y psicológico esencial para su desarrollo: la elaboración.


La elaboración es la manera en que las niñas y los niños integran los acontecimientos y desafíos de su vida cotidiana, construyendo significado sobre lo que viven. Es en ese constante crear y recrear, en la construcción de historias, fantasías y mundos imaginarios, donde se van trazando los caminos hacia un desarrollo saludable.

Niñas, niños, personas adultas y el juego

Jugar juntos es una fuente de disfrute para madres, padres, cuidadores e hijos, además de ser una forma única de fortalecer la comunicación y los vínculos afectivos. Las niñas y los niños necesitan personas adultas que se interesen genuinamente por su mundo y que deseen formar parte de él.


Sin embargo, las personas adultas suelen conocer de antemano el uso correcto de los objetos, la mejor manera de manipularlos o la forma adecuada de realizar una actividad. Cuando intervienen constantemente para corregir o enseñar durante el juego, pueden limitar una parte importante de la experiencia, porque olvidan que jugar no se trata de hacerlo “bien”, sino de explorar, descubrir y experimentar.


Hoy en día, muchas veces las personas adultas pasan más tiempo supervisando y controlando que permitiendo jugar. Frases como: “¡Bájate de ahí, te vas a caer!”, “¡Es muy peligroso!” o “No puedes hacerlo” son comunes. Pero vale la pena preguntarnos: ¿realmente no pueden hacerlo o simplemente aún están aprendiendo sobre sus propias capacidades?


Las niñas y los niños que cuentan con espacios de juego donde existe cierta libertad suelen desarrollar una mejor conciencia corporal, evaluar con mayor precisión los riesgos y actuar con más cuidado. La libertad de la que hablamos no significa ausencia de límites, sino una libertad basada en la confianza que las personas adultas depositan en ellos y ellas, confianza que también fortalece su seguridad personal.


Con frecuencia, las personas adultas disponen de poco tiempo para confiar en la capacidad de los niños y niñas para resolver problemas, afrontar retos o valorar riesgos. Sin embargo, investigaciones realizadas por la Universidad de Columbia Británica, en Canadá, muestran que las niñas y los niños que tienen mayores oportunidades para explorar y experimentar con su cuerpo suelen ser más precavidos y presentan menos accidentes, ya que desarrollan responsabilidad al conocer directamente su fuerza y sus límites.


Cuando una niña o un niño puede jugar con mayor libertad, siguiendo sus propios intereses, reglas y ritmos, fortalece la confianza en sus decisiones y desarrolla autonomía: la capacidad de elegir con libertad, responsabilidad y sentido personal. Esto favorece sentimientos de competencia, satisfacción y alegría, fundamentales para su bienestar y desarrollo integral.

LIV es el programa que desarrolla el pilar socioemocional en las escuelas, creando espacios de diálogo y escucha para ampliar la comprensión de uno mismo, del otro y del mundo.


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